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Medalla de bronce para España, broche de oro para Navarro

Los Gasol y Sergio lideran un convincente triunfo sobre Rusia en la despedida del capitán de la selección tras 17 años de éxitos

Pau, Marc, Sergio, todo el equipo le puso el lazo al regalo de despedida de la selección a Juan Carlos Navarro, su amigo y compañero de fatigas durante 17 años, durante toda la vida. España se adueñó del partido por el tercer puesto ante Rusia (93-85) con la convicción de que le pertenecía, de principio a fin, con algún apuro, en definitiva perfectamente resuelto.

Se iba el capitán. 17 años a bordo. Un referente. El penúltimo de la generación de los júniors de oro que cuelga la camiseta. Ese número 7 que ha vestido más que nadie el uniforme de la selección -253 veces- tenía que salir por la puerta grande. Y lo hizo, con una medalla de bronce. Completa una colección de diez en una vitrina excepcional. Era su día, pero también una jornada especial para un equipo que deseaba reivindicarse tras el batacazo en las semifinales ante Eslovenia, alargar su estancia en el podio –suma seis seguidos en Europa y 13 medallas desde 1999-, y extender su dedicatoria a jugadores caídos en combate, sobre todo el desdichado Llull, pero también Abrines, Claver y Pau Ribas y otros que por diferentes causas no estuvieron como Rudy Fernández, Felipe Reyes o Mirotic.

Los rusos, por más buena impresión que causaran durante el campeonato, por más Shved, Mozgov y jugadores del CSKA que trajinaran, se vieron superados por la avalancha española. Marc Gasol, que se llevó un buen susto cuando Kurbanov cayó sobre su pierna y tuvo por momentos que irse a ser tratado al vestuario, y su hermano Pau impusieron su ley bajo los aros. 25 puntos firmó el hermano mediano y 26 puntos y 10 rebotes el mayor. Mozgov, Vorontsevich o Ivlev no pudieron casi nunca con ellos.

Cuando compareció Sergio Rodríguez y sumó el primer triple después de los cinco primeros fallados por el equipo, España puso la directa. Oriola le ponía un tapón a Antonov, Pau Gasol campaba a sus anchas y los ataques rusos por más rapidez de piernas y manos que exhibía no era capaz de abrir la defensa española. Se confundieron tanto los rusos que doblaron a España en balones perdidos.

El equipo español llegó a dominar por 18 puntos. Se complicó la vida porque pasó a fallar todos los tiros libres que había acertado de entrada. Paradójicamente, sin Shved en el último cuarto, el equipo ruso confundió al ataque español y fue mucho mejor en las transiciones. Dmitri Kulagin hizo carburar el juego con mucha soltura y Ricky Rubio acabó fuera del partido cuando quedaban más de cinco minutos y medio para el final por dos faltas antideportivas.

Los rusos llegaron a situarse a dos puntos (78-76) a falta todavía de casi tres minutos para el fin. Pero Pau, Marc, Sergio y San Emeterio acabaron de sentenciar. Tenían que hacerlo para poder ofrecerle victoria y estrujar literalmente a Navarro. El capitán sumó dos puntos en su despedida. Se añade a la de la mayoría de la gente que borró todos los complejos históricos del baloncesto español. Falta saber qué decide Pau Gasol al respecto.

En la transición hacia el siglo 21, la selección española se estampaba una y otra vez contra italianos, rusos yugoslavos y hasta alemanes y griegos. La ruta del oro era un misterio insondable para aquellas generaciones de grandísimos jugadores, desde Buscató y Emiliano hasta Corbalán, Fernando Martín, Epi, Villacampa o Herreros. No había manera de alcanzar un oro. Las platas, la legendaria en los Juegos de 1984 con Michael Jordan ejerciendo ya de estelar anfitrión, pero también las de los Europeos, la remota de 1935, la de 1973 en Barcelona y las de Francia en 1983 y 1999 eran celebradas como éxitos históricos, como oros.

Hasta que se juntaron en la selección absoluta los que habían conseguido un oro de ley aunque fuera como juniors, en Lisboa, en 1999, en una final ante Estados Unidos que rompió muchos complejos. Navarro estaba entre ellos, y un Pau Gasol que todavía tenía que dar su gran estirón como estrella, y Raül López, Felipe Reyes, Calderón… Navarro era uno de esos jugadores físicamente engañosos, liviano, revoltoso, pero poca cosa más, en apariencia. Como dijo Maljkovic años más tarde: “Es muy educado y siempre me saluda antes de los partidos, y después mete siempre más de veinte puntos. Hoy han sido 26”. Aquel chaval de 13 años que tuvo que regresar el primer día de la concentración con la selección en Guadalajara porque se rompió un dedo, aquel estudiante de tercero de bachillerato que debutó con el primer equipo del Barcelona con 17 años y con la selección justamente en 2000, en competición ante Angola, en los Juegos de Sydney, justamente ayer hizo exactamente 17 años, empezó a ser visto como uno de los líderes que lo cambiaron todo.

Más que la medalla de bronce en el Europeo de 2001 en Estambul, otros detalles, intangibles, empezaron a hacer sospechar que aquellos veinteañeros no fingían ni maldecían en vano, llevaban en la entraña una ambición máxima. El 14 de septiembre de 2003, en el sobreático de un hotel de Estocolmo la federación había organizado la tradicional cena de fin de campeonato. España había vuelto a ser plata. Un buen resultado. Debía ser una fiesta. Derrengados en un rincón, Pau Gasol y Navarro, no denotaban la más mínima euforia. “Hemos dejado escapar una gran ocasión, una oportunidad buenísima de llevarnos el oro. Ha sido un buen resultado, nos hemos clasificado para los Juegos (Atenas 2004), pero nos queda un sabor amargo”, decía Pau y asentía Juan Carlos.

El paso del tiempo, el primer oro en el Mundial de Japón en 2006 confirmó que no era mera palabrería, que aquellos tipos iban a por todas. Así ha sido. Y de ninguna otra forma hubiera podido ser porque sin ese espíritu, añadido a su trabajada calidad, hubiera sido imposible una cosecha tan impresionante de medallas de oro, de plata, de bronce y una competitividad que muy pocas veces dejó a España fuera de los puestos de honor. Un mérito de una generación excepcional.

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